ÍDOLOS
“No discurre para consigo, no tiene sentido ni entendimiento para decir: Parte de esto quemé en el fuego, y sobre sus brasas cocí pan, asé carne, y la comí. ¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?” (Isa 44:19 R60)
“Mientras que el amor puro considera a Dios en todos sus planes y se mantendrá en armonía perfecta con el Espíritu de Dios, la pasión se manifestará temeraria e irracional, desafiará todo freno y hará un ídolo del objeto de su elección” (Consejos para la iglesia, 207).
Hoy no tenemos una batalla contra ídolos hechos de madera, piedra o yeso, ya que es harto conocido su falta de espíritu para poder ayudarnos; pero hemos migrado de esos ídolos a otros más elaborados y a los que sí damos nuestra pleitesía.
Se trata de ídolos que pueden ser procesos, personas o sustancias. El consejo de hoy gira en torno a hacer de una persona un ídolo, pasando por alto sus defectos y sobre valorando sus virtudes.
¿Cuándo una persona deja de ser eso y pasa a ser una súper estrella? Cierta vez un amigo me dijo que un “ídolo es ídolo mientras sea inalcanzable”, ya que cuando vivimos cerca de él, entonces descubrimos que es uno más. Podemos llegar a admirar mucho a una persona, pero no olvidemos que el ser humano es integral… puede que ese “ídolo” esté rajado por otros lados, como en el manejo del tiempo, manejo del dinero, manejo de las emociones o buena dirección de la familia.
Puede que ese ídolo esté careciendo de lo que hace que seamos buenos cristianos; a saber, de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y temperancia. ¡Con razón el Señor nos invitó a no depositar nuestra admiración en el hombre!
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