Solo para varones: Siento que todos dependen de mí… cómo manejar la presión de tener que ser siempre “el fuerte”
Hay hombres que sienten que no tienen permiso para cansarse.
Deben resolver.
Proveer.
Mantener la calma.
Tomar decisiones.
Cargar problemas.
Proteger a la familia.
Responder en el trabajo.
Y cuando algo sale mal, sienten que todos miran hacia ellos.
Con el tiempo puede aparecer una presión silenciosa:
“No puedo caerme, porque todos dependen de mí.”
Esa idea puede hacerte parecer fuerte por fuera y dejarte agotado por dentro.
Ser responsable es bueno.
Cumplir con tus compromisos también.
Pero una cosa es asumir tu responsabilidad y otra muy distinta pensar que tienes que sostenerlo absolutamente todo.
Ninguna persona fue creada para vivir así.
A veces el problema comienza porque confundimos fortaleza con invulnerabilidad.
Pensamos que un hombre fuerte nunca debe mostrar miedo, cansancio, tristeza o incertidumbre.
Entonces aprendemos a decir:
“Estoy bien.”
aunque no lo estemos.
Seguimos trabajando.
Seguimos resolviendo.
Seguimos ayudando.
Y postergamos nuestras propias necesidades hasta que el cuerpo, la mente o las relaciones empiezan a pasar la factura.
La verdadera fortaleza no consiste en no sentir presión.
Consiste en aprender qué hacer con ella.
Una primera cosa importante es reconocer tus límites.
Puedes ser responsable sin ser indispensable.
Puedes amar a tu familia sin solucionar cada problema.
Puedes trabajar con excelencia sin estar disponible a toda hora.
Puedes apoyar a otros sin convertirte en la única persona que puede sostenerlos.
A veces necesitas preguntarte:
“¿Esto realmente me corresponde a mí?”
Quizá estás cargando decisiones que otros adultos deberían asumir.
Quizá haces tareas que podrían repartirse.
Quizá has acostumbrado a todos a acudir a ti porque siempre dices que sí.
Y mientras más resuelves, más dependen de ti.
Poner límites no significa abandonar a nadie.
Significa permitir que cada persona cargue también con la parte que le corresponde.
Otra dificultad es que muchos hombres tienen personas que dependen de ellos, pero pocas personas ante quienes pueden mostrarse vulnerables.
Tal vez todos te cuentan sus problemas.
Pero ¿a quién le cuentas tú los tuyos?
Eso importa.
Necesitas al menos una persona confiable con quien puedas hablar sin representar el papel del hombre que tiene todas las respuestas.
Puede ser tu esposa.
Un amigo.
Un pastor.
Un mentor.
Un profesional.
Alguien ante quien puedas decir:
“Estoy cansado.”
“Esto me preocupa.”
“No sé qué hacer.”
Decirlo no disminuye tu autoridad.
Te devuelve humanidad.
También conviene aprender a pedir ayuda antes de llegar al límite.
Muchos hombres esperan demasiado.
Piden ayuda cuando ya están completamente saturados.
Cuando la deuda creció.
Cuando el matrimonio está muy lastimado.
Cuando el estrés afecta el sueño.
Cuando la irritabilidad ya está dañando a la familia.
Pedir ayuda temprano suele ser mucho más sabio.
Hay otra presión que vale la pena revisar:
la necesidad de parecer siempre competente.
Tal vez crees que debes tener una respuesta inmediata para todo.
Pero hay mucha madurez en poder decir:
“No sé.”
“Déjame pensarlo.”
“Necesito consejo.”
“No puedo resolver esto solo.”
Un hombre seguro no necesita fingir que sabe todo.
También necesitas cuidar tu descanso.
No como premio después de haber terminado absolutamente todo.
Porque nunca terminarás absolutamente todo.
Siempre habrá otro mensaje.
Otra cuenta.
Otra tarea.
Otra preocupación.
Descansar también es una forma de responsabilidad.
Un hombre agotado toma peores decisiones, escucha peor y suele tener menos paciencia con las personas que más ama.
Dormir.
Caminar.
Hacer ejercicio.
Estar a solas.
Orar.
Disfrutar algo.
Tomarte algunas horas sin resolver problemas.
Eso no significa que estés abandonando tus obligaciones.
Significa que estás cuidando a la persona que debe cumplirlas.
Moisés vivió algo parecido.
Intentaba atender personalmente los problemas del pueblo desde la mañana hasta la noche.
Entonces Jetro le dijo:
“Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo.”
Éxodo 18:18, RVR1960
Es interesante que el problema no era que Moisés fuera débil.
El problema era que estaba intentando hacer demasiado solo.
La solución fue repartir responsabilidades.
Tal vez tú también necesitas hacer eso.
No necesariamente porque tengas miles de personas a tu cargo.
Sino porque has creado una vida en la que demasiadas cosas pasan obligatoriamente por ti.
Delegar puede ser una forma de sabiduría.
Confiar en otros también.
Y hay algo aún más profundo para un hombre de fe:
no eres el salvador de tu familia.
Ese lugar no te corresponde.
Puedes amar.
Trabajar.
Proteger.
Planificar.
Guiar.
Pero hay cosas que no puedes controlar.
La salud.
Las decisiones de otros.
El futuro.
Las circunstancias.
Pretender controlar lo incontrolable produce una carga enorme.
Salmo 55:22 dice:
“Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará.”
Hay cargas que debes llevar.
Y hay cargas que debes entregar.
Aprender la diferencia puede cambiar tu vida.
Quizá tu familia no necesita un hombre que nunca se quiebre.
Necesita un hombre estable, humilde y presente.
Un hombre que sabe cuándo actuar.
Cuándo descansar.
Cuándo pedir ayuda.
Y cuándo confiar en Dios.
Tal vez hoy necesitas dejar de repetirte:
“Tengo que poder con todo.”
Y reemplazarlo por algo más verdadero:
“Haré fielmente lo que me corresponde, pediré ayuda cuando la necesite y no intentaré cargar solo lo que nunca fui diseñado para llevar.”
Eso no es debilidad.
Es una forma mucho más sana de ser fuerte.
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